¡Calla…

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Una historia que contar

Quedan tres minutos y medio para ahogar el silencio en un capuchino doble con extra de virutas de chocolate. Quizás un poco más si la camarera del Dunkin no espabila un poco. Mientras tanto, el silencio sigue instalado entre los dos, tan sólido que Claudia piensa que de un momento a otro va a pedir un Maple Frosted y un café para llevar. Jaime ya ha leído cuatro veces el precio de las bebidas y luego se ha puesto a leer con repentino interés un folleto con fotos de donuts por todas partes. Claudia está tentada de sacar de su bolso naranja de tela Y Decirte Alguna Estupidez, Como Por Ejemplo Te quiero y ponerse a leer ahí mismo, de pie, apoyada contra la pared de azulejos marrones, y dejar que Jaime se beba solo su capuchino, o que se lleve al sr. Silencio con él si le apetece. Sin embargo, ganan sus nervios, que estallan imprevisibles.

 

         Jaime Jiménez, no me puedo creer que nunca hayas probado el capuchino del Dunkin Donuts.

 

Mientras las palabras escapan de su boca, Claudia coge uno de los folletos llenos de donuts, lo mira por un lado, por otro, lo estruja, y se pregunta cómo ha podido decir algo así en voz alta. Jaime le mira como un crío pillado en falta.

 

         Pues… No, nunca. Yo bebo el café solo…

         Ah… – quiere detenerse ahora que todavía no es demasiado tarde, pero no puede.- Es mi bebida preferida… El del Dunkin es el mejor. Sobre todo por las virutas: se quedan sobre la espuma y me encanta comérmelas con la cuchara.

         Ah…

         Ahora pruebas el mío… -intenta una sonrisa natural pero no está segura de lo que se ha dibujado en su cara.

         Son 4.35, por favor.

 

Él saca un billete de cinco euros de su cartera mientras Claudia agradece mentalmente a la camarera esa oportuna salida de emergencia por la que ella ha salido de puntillas y tapándose la boca, por si acaso. Jaime guarda el cambio y coge la bandeja con un capuchino humeante y un donut. Atraviesan el local, suben al segundo piso y se sientan junto a una ventana que da a la Gran Vía. Claudia se concentra en el capuchino: todavía humea y no hay ni rastro de las virutas. A estas alturas reposan en el fondo. Se imagina los cadáveres, hinchados y verduzcos, y a una mamá viruta echando una corona de flores en aquel océano pardo y en calma. Sin quererlo, empieza a odiar un poco a la camarera pero rápidamente se arrepiente: se da cuenta de que hoy podría odiar a cualquiera.

Mira a través del cristal a las personas que suben y bajan por la calle, que se pierden por Callao o por Fuencarral, gente apresurada, sin rostro, que seguramente nunca se pone nerviosa ni piensa estupideces sobre virutas de chocolate. Luego se da cuenta de que Jaime le está mirando. Entre sus dedos, sobre la bandeja, baila el donut, como si fuera un volante de un coche con serios problemas de dirección. A Claudia le cuesta afrontar esos ojos verdes fijos en ella.

 

         Me he dado cuenta de que ahora usas las dos asas de la mochila. – Claudia se pregunta si Jaime ha entendido sus balbuceos de niña de tres años.

         Sí… Que luego la gente cree que soy un chulo… – responde él, con una media sonrisa colgando de los labios.

         ¡Yo no dije que fueras un chulo! – protesta Claudia.- Dije que las personas que llevan la mochila colgando del hombro, en general, son unos chulos. Pero eso no quiere…

 

Jaime vuelve a clavar los ojos en ella y Claudia no puede seguir. Baja la mirada y empieza a darle vueltas a su capuchino.

 

         No me mires así…

         Así, ¿cómo?

         Así, joder, como me estás mirando. Como si te diera pena, como si me compadecieras.

         Venga ya, Claudia, no digas tonterías. No me das pena, pero…

 

Vuelve el silencio y se sienta con ellos, el brazo apoyado en el respaldo de la silla y la mirada burlona. El silencio es feo, calvo y la tripa le desborda el pantalón. Claudia está a punto sacarle la lengua y mandarle a paseo, pero, en vez de eso, derrama un poco de capuchino al beber y se quema la mano. Ahora sí odia a la camarera. Odia a todo el mundo.

 

         ¿Pero qué, eh? ¿Pero qué? Dilo, coño, porque estoy harta de estar aquí sentada, estoy harta de decir estupideces y de que le des vueltas a ese donut. Habla, joder, dime qué piensas porque todavía no lo sé. No sé ni lo que pienso yo.

 

Los dedos de Jaime se detienen.

 

         No es tan fácil.

         Sí es fácil, Jaime Jiménez, claro que es fácil. Al menos sé un poquito valiente.

         Joder, Claudia. No sé qué quieres que te diga.

         Dime que no quieres estar conmigo, que no te gusto, que todo ha sido una estupidez.

         No ha sido una estupidez. Por lo menos, para mí no lo ha sido… Pero no sé… No sé.

         No te gusto. Punto.

         No… Sí… Es decir, me encantas, me encanta cómo eres, y nos lo pasamos genial juntos pero no sé, falta algo. Me falta algo y es absurdo.

 

Se miran durante un instante. Ella nota que sus ojos amenazan con desbordarse pero esta última semana se ha convertido en una experta en obras hidráulicas y rápidamente cierra compuertas. Con un gesto rápido del dorso de la mano, elimina las pequeñas fugas que empezaban a derramarse por su mejilla.

 

         Yo sólo quería conocerte, ¿sabes? Yo no quería esto…

         Todavía puedes conocerme. Yo también quiero conocerte más…

         No, Jaime Jiménez, ya no. Así no. Esto es una mierda, el amor es una mierda. Siempre lo complica todo.

 

Jaime vuelve a darle vueltas al donut, que empieza a deshacerse en pequeñas migas que se concentran alrededor, como un anillo de pequeñísimos asteroides. Claudia bebe un trago de su capuchino y vuelve a mirar a través del cristal. Se siente perdida, asfixiada, minúscula en su silla de madera. Al otro lado, hay luz, aire, y el tiempo corre tan deprisa como los autobuses azules al bajar por la Gran Vía.

 

         No puedo seguir con esto, Jaime. – Todavía tiene los ojos perdidos en el bullicio de la calle.- No quiero darte pena, no quiero que me mires como me has mirado antes. Me hace sentir mal y no me lo merezco. No es tu culpa, Jaime Jiménez, no es la culpa de nadie. Y es una pena, pero no pienso dejar que sea una tragedia.

 

De repente, sus piernas ya no cuelgan de la silla y los ojos verdes de Jaime ya no le dan miedo. El aire hincha de nuevo sus pulmones, como si alguien hubiera arrancado repentinamente el cristal de la ventana. Se levanta, recoge su bolso del respaldo y se acerca a él. Le da un beso en la mejilla y susurra:

 

         No deberías irte sin probar el capuchino…

 

Él no responde. La extraña circunferencia del donut sigue intacta sobre la bandeja. Mientras desciende las escaleras, Claudia vuelve a mirar a Jaime. A su lado, alguien intenta robarle el capuchino. Un tipo calvo y feo, y la tripa le desborda el pantalón.

 

 

La frase es de Jara. Al hilo de la iniciativa de El Cuentacuentos.

 

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La cinta

La próxima vez que ponga la cinta descubrirá que a la mitad de la misma hay cinco minutos en blanco, pensó ella con tristeza. Cinco minutos. Exactamente, el tiempo que dura Volcano más veinte segundos de Nantes que también borró. Sólo por si acaso. Miró por última vez la cinta y la colocó en la estantería, entre Nocilla Dream y el último cedé de Bloc Party. Luego recogió su bolso y salió de la habitación sin ni siquiera mirar el cuerpo desnudo que dormía mezclado con las sábanas.

Grabar cintas de música no es demasiado práctico, pero él nunca había sido muy práctico para casi nada. Si hubiera sido práctico, hubiera escapado la primera mañana que amanecieron juntos, otra mañana más (y se daba cuenta de que cada vez se hacían más frecuentes) en la que ella se había prometido dejar el éxtasis y los desayunos en casas ajenas. Pero esa vez había sido diferente porque él quería volver a verla y ella se había fijado en la curva de sus labios y en esos ojos negros que le miraban encendidos. Como carbones al rojo, pensó en ese momento, sabiendo que la metáfora no era demasiado original aunque se ajustaba perfectamente a esa mirada que era al mismo tiempo deseo y firmeza; esa mirada que aún recordaba mientras bajaba las escaleras por primera vez, después de haber escrito su número de teléfono junto al del Telepizza en un folleto de la cocina; esa mirada que todavía recordaría sentada en el autobús que le llevaba a casa con la pereza que lo envuelve todo los domingos por la mañana; esa mirada que todavía hoy recordaba mientras bajaba las escaleras por última vez.

Al principio, ella buscaba una excusa: una fiesta o un concierto al que acudían con otros amigos; tropiezos, casi, que no obligaban a pasar juntos toda la noche o a volver en el mismo taxi cuando el amanecer rompía entre los edificios. Ella no había dejado de ver a otros, pero siempre eran historias que se acababan en cuanto ella cruzaba el umbral de una puerta en cualquier parte y cogía el autobús de vuelta a casa. Pero ni ella hablaba de ello, ni él preguntaba. Finalmente, él consiguió que ella cediera a un primer encuentro a solas, al que después le siguió otro y luego otro. Cinco semanas de cafés, un par de cines y más de una borrachera después, él le dio la cinta.

Ese día ella había subido otra vez a esa casa que cada vez le era menos ajena, menos extraño su leve olor a tabaco, más definidos los contornos de la habitación de él: la mesa casi invisible bajo un montón de folios rellenos de números y fórmulas, la estantería donde se amontonaban desordenadamente los libros por falta de espacio, el inevitable póster de Trainspotting; y la cama, que en tres semanas se había convertido en una especie de refugio de la ajetreada realidad de Madrid, un lugar donde cualquier conversación era posible, donde sólo había risa y a veces sudor y respiraciones que se entrecortaban, y donde le parecía que esas mañanas en las que ella se prometía dejar el éxtasis y las casas ajenas pertenecían a otra vida, lejos.

Al entrar se lo había encontrado frente a su viejo equipo Panasonic, cambiando cedés y pulsando el play y el stop de la pletina. Con una sonrisa, le había dicho que esperara y ella se había sentado en la cama y empezado a liar un porro. Al girar, la cinta dejaba escapar un chirrido agudo que se mezclaba con las guitarras distorsionadas y las voces casi siempre inglesas de los cantantes. Ella apenas escuchaba, sus manos afanosas como dos arañas tejiendo, hasta que la voz rota de Damien Rice se coló por sus oídos, demoledoramente cruda, brutal a pesar de su envoltura de terciopelo.

 

…what I am to you is not real

what I am  to you, you do not need…

 

En ese momento no se dio cuenta, en ese momento eran sólo palabras y una voz rota, pero esas dos frases eran toda la realidad que ella había negado bajo las sábanas. Más tarde, cuando el porro terminó de consumirse en el cenicero, cuando él acabó de grabar la cinta y se la dio, y se perdieron en la mullida familiaridad de la cama, descubrió que había una grieta en los cimientos de su refugio, que la tela de una sábana es un material demasiado frágil para soportar el peso de la realidad, que ésta se cuela, siempre, por cualquier rendija, por muy atentos que estemos, por mucho que corramos para escapar. A ella le había atrapado en forma de canción y entre los brazos de él, y ni el contacto tibio de la piel ni el roce áspero del nórdico sirvieron de bálsamo esa vez. Ella supo que nunca más servirían. Esa noche volvió andando a casa, con dos frases escociendo en algún punto detrás de sus ojos. Sus pasos resonaban y se perdían en la geometría fría y en penumbra de Madrid.

Durante tres semanas, se abandonó a la taquicardia de una noche eterna para escapar de sus llamadas y mensajes, y volvió a ser ella, sin promesas vanas ni refugios tramposos. Dejó que su piel probará el calor de otros que, como ella, no buscaban más que un beso furtivo y un cigarro fugaz, sin dependencias ni rodillas heridas. Y cuando por fin volvió a aquel piso de estudiantes, fue para devolverle cinco minutos de silencio grabados en una cinta a modo de explicación y de disculpa, what I am to you is not real, what I am  to you, you do not need, aunque estaba segura de que él no lo comprendería. Cuando por fin volvió, el olor a tabaco seguía impregnándolo todo y Ewan McGregor tenía la misma mirada de yonki. Los libros y los papeles seguían encima de la mesa como si siempre hubieran estado allí, cubiertos por el polvo. En cambio, él sí había cambiado: ya no había ni fuego ni confianza en sus ojos negros, y su sonrisa era una sombra triste asediada por una barba de pocos días.

 

         Hola…

 

Él no contestó.

 

         Te traigo…

 

Ella no supo si se dejó llevar por la nostalgia cuando él la besó en un último y desesperado asalto, o si fue la insensibilidad que crea la costumbre, pero la noche los vio reír y respirar entre las frágiles sábanas como si todo fuera igual que antes. En realidad, ella sabía que nada era igual, que aquellos tres metros cuadrados nunca volvería a ser un refugio, y por eso, ya bañada por la explosión anaranjada de un sol naciente, se vistió en silencio, dejó la cinta entre Nocilla Dream y el último cedé de Bloc Party, y descendió las escaleras para coger un autobús.

 

 

Relato al hilo de la iniciativa de El Cuentacuentos.

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Cazadores

(Aviso a gentes sensibles y espíritus obtusos: sigo con experimentos. Que nadie se me asuste.)
 

Son las siete de la mañana y hace frío. El sol apenas aparece entre los tejados, como un invitado tímido en una fiesta. Él la está esperando, esquivando las mangueras de los operarios de traje verde que limpian las aceras, esquivando los borrachos que salen de discotecas que parecen no cerrar nunca en una ciudad con el cerrojo echado. Él la está esperando y apenas repara en el vaho que surge de sus labios, unos labios impacientes, ansiosos, descolocados. Él la está esperando y la busca con los ojos urgentes, con el cuello, con las manos, busca con el oído, busca con la nariz un olor a perfume, a antro y a sexo. Sobre todo a sexo.

Ella aparece por la esquina, con paso seguro, siguiendo un camino que sus piernas parecen reconocer sin titubear. Ella aparece y el cuerpo de él parece erizarse. En su boca se desliza una sonrisa. En la de ella también, pero es a los ojos donde él mira. A esos ojos de mirada de cazadora confiada, de cazadora satisfecha que tiene a la presa donde quería y solo espera a surgir de entre la maleza y lanzarse al cuello de su víctima. Y salta y él no la esquiva, no quiere esquivarla, aunque todos los instintos le dicen que lo haga, que huya de allí, que esa mañana fría alguien tiene que morir desangrado y él tiene todas las papeletas. Él no se aparta cuando los labios de ella se lanzan sobre los suyos, insaciables, ávidos. No se aparta cuando los dientes hambrientos le muerden el cuello. No se aparta y ataca a su vez, violentamente, con manos, labios y dientes. Y su nariz aspira por fin el aroma a perfume, antro y sexo.

Los dos comienzan a andar, sabiendo a dónde quieren ir y cómo llegar. Andan, y luego no podrán explicar qué pasó durante el espacio entre aquella esquina de borrachos y operarios, y la puerta del piso. No podrán explicar los besos en el semáforo ni las manos impacientes en el ascensor. Son segundos, minutos, que pasan ignorados y que escapan de las memorias.

Traspasan una puerta que se abre en silencio, testigo mudo y cómplice del encuentro. Sus cuerpos no cesan de jugar, entregados, dejando que los pies les lleven por un pasillo a media luz, las manos ocupadas en rincones más oscuros. Entonces ella susurra: “voy al baño, ahora vengo” y él la deja ir con la promesa aun rozando su cuello. Mientras, él se dirige a la habitación, baja la persiana, y repasa cada rincón, cada arruga en la colcha, cada cajón a medio abrir, más ansioso que nunca, todo el cuerpo en tensión y los sentidos excitados, captando cada sonido, cada olor, inventando sonidos, inventando olores. Ya no queda nada que hacer en aquel cuarto salvo esperar, pero está harto de esperar. Ahora es él el cazador, ahora es él quien va en busca de su presa. Atraviesa el pasillo y sus pies no sienten el frío del suelo. Llega al cuarto de baño y llama a la puerta. “Entra”. Apenas puede contenerse al bajar el picaporte.

Ella le mira directamente a los ojos pero él en seguida baja la mirada, la desliza por la sonrisa entreabierta, hasta la leve camiseta que insinúa unos pechos pequeños y firmes que invitan a ser mordidos; hasta los pies desnudos, a través de las piernas suaves y enhiestas, orgullosas guardianas del sexo que se esconde tras unas minúsculas bragas azules. Luego sí, luego regresa a los ojos, a esos ojos de cazadora confiada y satisfecha. Y cuando se acerca y la atrae hacia él, cuando le muerde los labios, el cuello, las orejas, y sus manos acarician frenéticas cada centímetro de piel cálida, comprende que la lucha será a muerte. Y sonríe.

Cuando llegan al cuarto, sólo queda la piel. Los dos cuerpos se buscan con violencia. Las manos de él recorren el rostro de ella, se entretienen en los párpados, la nariz, los labios, y descienden por el cuello, por la espalda, hasta llegar al culo, donde se detienen glotonas. La levanta con fuerza y la aprisiona contra la pared, mientras ella ata sus piernas a su cintura y juega con su pelo. Él recorre con los labios el cuello curvado, los pechos erguidos, los pezones que se oponen como torreones al embate frenético de la lengua. Las respiraciones se aceleran y llenan la habitación. Mientras, los dedos se pierden en unos cuerpos que juegan a rozarse, a acercarse y alejarse para luego volver a encontrarse.

De repente, ella le mira a los ojos, coge sus manos y lo arrastra hasta la cama, con impaciencia, bruscamente. Se sube encima de él, le besa hasta romperle los labios, le muerde la carne caliente y va dejando un sendero de pequeñas marcas rojizas, efímeros tatuajes que marcan la presa. Saborea el sudor que se mezcla con el suyo, siente los músculos en tensión bajo la piel. Y entonces él entra en ella, poderoso, su brazo rodeando la espalda que se arquea, los ojos de él cerrados, los de ella clavados en el techo, y las cinturas siguiendo el compás que marcan sus respiraciones; y de repente sólo hay eso: jadeos y el ruido intermitente de los muelles, lejos, muy lejos.

 

Cuando el sol se atreve, al fin, a colarse en rendijas en la habitación, sobre el colchón sólo quedan, entretejidos con las sábanas, dos muertos aun calientes.

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El Corazón Helado

Este relato es un experimento. Es un alargamiento de la novela El Corazón Helado de Almudena Grandes, novela que acabo de leer y me ha gustado, a pesar de cierta moralina maniquea que no me acaba de convencer. Este relato es un alargamiento, una continuación, y he procurado seguir el mismo estilo. Si alguien se está leyendo el libro o pretende leerlo, no siga porque se destripa gran parte de la trama. Si no lo has leído, es probable que haya cosas que no entiendas. Ya digo, es sólo un experimento.

 

  

 

Raquel se ha ido. Esta vez no ha habido mensaje de despedida, te quiero, TE QUIERO, Ra., no ha habido mensaje de despedida, ni siquiera un adiós. He llegado de ver a Miguel, de estar con él, como cada miércoles, los únicos días que disfruto de mi hijo, y ella ya no estaba. Sus maletas tampoco, ni sus camisetas, ni su vestido de flores, el que llevaba puesto el día en que el mundo comenzó a girar alrededor de sus caderas, tampoco su champú ni sus cremas. Sólo un solitario calcetín olvidado en el suelo, con sus estrellas y sus lunas sobre un cielo azul de algodón, y su olor, leve, un olor que estaba allí sin querer, como una huella que un fugitivo deja en el margen del río al escapar, una huella traicionera, un olor traicionero, un olor a lágrimas y desolación, desolación por la habitación vacía, por la ausencia, desolación por las mentiras, por los engaños.

Era la segunda vez que Raquel desaparecía de este modo. La primera no supe por qué lo hizo. Desapareció dejando ese mensaje de despedida, te quiero, TE QUIERO, Ra., y ese mensaje fue el que me hizo buscarla, el que reactivó el movimiento terrestre y con él mi vida, y al final la encontré después de poner Madrid patas arriba, de esperar a la puerta de su casa durante horas interminables, de preguntar, preguntar, preguntar, hasta que me miraban como a un loco, hasta que yo mismo me vi como a un loco en el espejo, la cara cenicienta y la carne consumida en los huesos. Pero la encontré y todo tenía su explicación, aunque la explicación doliera casi tanto como la huida, aunque la explicación me llevó a lugares tan oscuros que cuando salí ya nada era igual, yo no era igual, mi familia no era igual, Raquel no era la misma. Pero decidí quedarme a su lado, al lado de aquella mujer, dejarlo todo, yo, que era una persona normal, aburrida, que tenía todo lo que creía querer, una mujer que me gustaba, un hijo al que adoraba, un trabajo con el que disfrutaba, yo, que nunca había tomado ningún riesgo, yo, al que nunca le pasaba nada, decidí dejarlo todo y quedarme a su lado. Y eso supuso que mi mujer no me hablara, que mi hijo me preguntara porqué lloraba su madre, que mi hermano Rafa me odiara y mi madre me mirara con esos ojos fríos que desmentían el gesto dulce de sus labios. Podía comprenderlos a todos. Podía comprender que Mai llorara y sabía que no se lo merecía. Podía entender que mi hermano Rafa, y Angélica, y Clara, Julio no, al menos Julio no, fueran fríos y distantes cuando hablaran conmigo, que mi madre me mirara con el azul congelado en sus cuencas, bajo unas cejas inquisitoriales y una sonrisa que sonreía casi a su pesar, podía entenderlo porque había metido en la familia, en el templo sagrado de los Carrión, al enemigo más antiguo, a una Fernández, hija y nieta de Fernández, de aquellos a quien mi padre había robado, había exprimido a traición, durante esos años de posguerra que parecían hechos a posta para timadores, trepas y seductores como mi padre. Había metido a una Fernández y, por si eso no fuera suficiente, dejando a Mai, que era la mujer modelo, la esposa perfecta, la madre abnegada, a la que yo creía querer, a la que creía haber querido durante once años y que no se merecía nada de esto.

También podía entender a Raquel del mismo modo que entendí a Mai. Esta vez, la segunda vez, sí sé porque se ha ido, y ella tampoco se lo había merecido. Cuando aquel día volví a su casa, aquel viejo piso de Conde Duque, aquel sitio en el que yo imaginaba un futuro de mañanas de sábado desnudos, en la cama, esperando a que el sol del mediodía llenara la habitación, aquel lugar en el que todo había comenzado, incluyendo el movimiento terrestre y mi vida, la de Álvaro Carrión, porque antes yo no era yo, antes tenía una vida tranquila y nunca me pasaba nada, antes tenía una mujer y un hijo y un trabajo normales, porque normal era la palabra, antes, hasta que esas caderas, ligeramente desproporcionadas respecto de un cuerpo perfecto, me hicieran renacer en aquel piso, un antiguo apartamento muy cerca de la glorieta de Bilbao al que volví aquel día dispuesto a olvidarlo todo, a quedarme con esa mujer y dejar a un lado lo demás. Volví a esa casa más lúcido que nunca, a pesar de mi ojo morado y el puño de Rafa aun palpitante, a pesar de aquella conversación fría, desconcertante, con mi madre, de las lágrimas de Mai y las preguntas de Miguel, a pesar de todo eso, era más consciente que nunca de la decisión que acaba de tomar. Yo quería a Raquel y ella me quería a mi, y ella era una Fernández y yo un Carrión, y hacía tres meses que nos conocíamos, y a pesar de que ella había planeado una venganza contra mi padre, que en los años 40 se había quedado con todo lo que los Fernández tenían, y lo había hecho de la manera más vil, más cobarde, más sucia, a traición, aprovechándose de una gente que lo habían ayudado, que lo habían acogido en París como a un refugiado más, sin saber que además del carné de las Juventudes Socialistas Unificadas mi padre escondía otro de Falange, sin saber que mi padre sólo pensaba en que él no iba a ser pobre como lo había sido de niño, que el no volvería a ir con los perdedores, y en aquel momento los Fernández eran los perdedores, los que lo habían dejado todo atrás para recomenzar en una tierra extraña, con gente extraña que hablaba un idioma extraño, y confiaron en mi padre, un hombre simpático, con la sonrisa más encantadora del mundo, y él los traicionó, y Raquel quería vengarse, lo había planeado, pero entonces él se murió y aparecí yo, y ella se arrepintió y huyó, la primera vez, y luego la encontré y me lo confesó, a pesar de todo ello, de mi familia y de la venganza frustrada de Raquel, yo me había quedado con ella y estaba seguro de mi decisión.

Pero yo soy alguien normal a quien nunca le pasa nada. Y aunque durante tres meses, sobre todo, y alguno más después, yo no era yo, sino otra persona, lo cierto es que no es tan fácil. Cuando alguien lleva toda la vida delante del televisor, viviendo la vida a través de la pantalla, y de repente le sacan al mundo real, al principio se siente desconcertado, luego es emocionante, pero al final echa de menos la comodidad anodina del sofá. Así me sentí yo. Desconcertado cuanto todo comenzó, éste no soy yo, yo no soy así, luego emocionado, me gusta esta sensación, yo sí soy así, pero luego comencé a extrañar la tranquilidad de la rutina, el cuerpo mil veces explorado de Mai, la cara somnolienta de Miguel antes de ir al colegio, mi horario de profesor de Física y el regreso a casa, con mi mujer y mi hijo. Y los miércoles de visita a Miguel se alargaban cada vez más, y acaban con cena, con Mai y un buen vino casi siempre. Luego las llamadas y los mensajes, cada vez más frecuentes, cómplices, como si tuviéramos veinte años de nuevo, pero con la ventaja de que yo ya la conocía bien y ella me conocía bien. Y Raquel asistía como espectadora, boquiabierta, sin poder creer que después de todo el sol no nos descubriría desnudos en la cama de su apartamento de Conde Duque cada sábado por la mañana. Yo intentaba tranquilizarla porque todavía no me había dado cuenta de que yo estaba volviendo a ser yo, al que nunca le pasa nada, el de la vida normal, porque normal era la palabra. No me daba cuenta de eso pero sí de que ya no miraba a Raquel con el mismo deseo, ni el movimiento de la Tierra dependía de sus caderas. Y había algo más que el recuerdo de un refugio seguro, estaba el recuerdo de mi padre, ese que había desplumado a los Fernández, el recuerdo de la mentira de Raquel y de su venganza, y aunque normalmente estaba apagado, ese recuerdo salía a la superficie de vez en cuando, como una jaqueca, como un tornado en el mar Caribe, inexorable, devastador, porque yo todavía no había aprendido a manejarlo y nunca aprendería aunque lo intenté, lo intenté, lo intenté, y después de pelearme con mi hermano, después de hablar con mi madre y de abandonar a mi mujer, a mi hijo, había vuelto al apartamento de Raquel consciente, seguro de mi decisión, dispuesto a quedarme. Pero ambos recuerdos, el refugio seguro y la venganza, mal manejados, fueron comiéndose un amor que creí inextinguible. Y Raquel se dio cuenta.

Por eso, cuando hoy he vuelto a casa, más tarde que nunca, con un brillo en los ojos que no ha provocado el vino, Raquel no estaba, porque ella no se lo merecía pero había comprendido que yo volvía a ser yo y que nunca dejaría de serlo.  

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La nada

 

Ella apareció de la nada, un día cualquiera de un otoño que se resistía a morir. Ella apareció de la nada, de Honduras, dijo, de la nada. Llegó con una mochila y unos ojos verdes enormes y tristes. Su sonrisa también era triste, toda ella era triste, y él no pudo soportarlo. Cuando todavía no sabía ni su nombre sintió ganas de borrar con un beso aquella sonrisa que casi no era sonrisa, de deshacer con un abrazo esa capa gris que parecía envolverla.

Pero comenzó por preguntar su nombre. Laura. Y él sonrió porque había esperanza: una persona con ese nombre no podía ser triste. Laura. Sonaba como un torrente saltando de roca en roca, como una broma cómplice susurrada al oído. Más tarde, con una copa en la mano y en una terraza que asomaba a una noche sin estrellas, se atrevió.

 

         Laura… ¿Por qué estás tan triste? – preguntó él.

 

Ella le miró, lentamente, con esos ojos verdes como inmensos planetas lejanos, muy lejanos. Después, su mirada se perdió en el cielo oscuro y sonrió. A él le pareció que de perfil su sonrisa no era tan triste.

 

         Porque vengo de Honduras, de la nada. – contestó, y luego el silencio de la noche fue su silencio.

 

Volvieron a verse algunos días más tarde, y muchos días después. Ella le hablaba de la nada de Honduras, que no era tan nada aunque al principio eso es lo que parecía.

 

…Hay mucha pobreza, no te imaginas cuánta, y niños sin zapatos, y jóvenes sin dientes y sin esperanza, y uno no sabe qué es peor…, contaba ella mirando a sus pies.

 

Él no hablaba porque él sólo conocía el todo de Madrid, donde los niños llevan aparato y los jóvenes van a la moda sin temer al futuro. Él sorbía su batido de chocolate y escuchaba.

 

… Casi todo es corrupción, y es una pena… Sólo piensan en sobrevivir, ¿sabes?, en comer hoy y mañana ya veremos. No les queda otra… No muchos saben leer y casi nadie va a la universidad, ¿para qué?, si luego no encuentran trabajo…

 

Él comprendió que ella estaba triste porque ella tampoco tenía esperanza. Pero poco a poco, cuando Laura fue escarbando en las sombras, la luz apareció, una grieta al principio, levemente; luego, a borbotones. Hablaba de la niña que jugaba y reía con sus amigos con una pierna amputada, de cuando convencieron a los hombres de la pequeña aldea para que construyeran juntos el hospital, de la madre que había conseguido dar a luz a su bebé después de recorrer cuarenta kilómetros en una furgoneta vieja para llegar a ese mismo hospital… Y él, que solamente escuchaba, consiguió verla sonreír, pero esta vez de verdad, con una sonrisa completa que llegaba hasta los ojos y evaporaba toda tristeza. Siguieron viéndose, y Laura volvió a ser una persona alegre con un nombre alegre, aunque seguía mirando a sus pies mientras hablaba. Él bebía batido y escuchaba.

Un día, ella le anunció que se iba. Vuelvo a Honduras, dijo, y a él el batido se le congeló en la pajita, junto con el tiempo y la sangre en las venas. Cuando se dio cuenta, estaba en el aeropuerto, ella con su mochila en la espalda y el billete de avión en la mano. Ella le besó por primera vez, y a él le pareció poco porque ya no había tristeza y él quería saber a qué sabía la esperanza, su esperanza. Pero ella desapareció en el control de seguridad y él volvió a Madrid, volvió a la nada.  

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EL GUARDIÁN. Capítulo quinto: El Guardián (segunda parte)

         ¡Ahora! ¡Disparad!
 
La voz de Herman fue apenas un susurro, un eco que se desvaneció en la mente de Alajos: palabras ralentizadas convertidas en sílabas y sílabas convertidas en letras que perdieron su significado. Frente a él, apenas a un centenar de metros, entre los soldados y la cueva, las escamas negras del dragón se difuminaban en la oscuridad de la entrada; eran la misma oscuridad.
Y la oscuridad avanzó.
Alajos, soltó sus fardos, recargó la ballesta y disparó sin apenas darse cuenta. No miró si había herido a la bestia. Simplemente, volvió a colocar un dardo en el arma y apretó el gatillo de nuevo. Tampoco miró donde se clavaba la flecha. Sólo, por un instante, se detuvo a observar a sus compañeros. El Polaco había sacado la espada y cortaba con manos nerviosas la cuerda que le unía al prisionero hasta que éste cayó al suelo de rodillas, libre. Brúno actuaba como un autómata: disparaba una flecha tras otra, el rostro pétreo y el pulso seguro. Herman había agotado sus proyectiles y ahora empuñaba su espada, aguardando. Alrededor, la heladora niebla.
El dragón rugía mientras avanzaba, y el suelo temblaba. Pero Alajos no lo oía. Tampoco oía los sollozos del prisionero, acurrucado contra una roca. Ni las palabras que los labios autoritarios del capitán pronunciaban. Ni siquiera el sonido de su propia ballesta al disparar a la bestia, cada vez más grande, cada vez más cerca. Alajos no oía nada porque un sonido sordo (pum) se repetía a un ritmo infernal (pum pum pum pum pum), subía desde su pecho hasta su cabeza.
Lo llenaba todo.
Pum pum pum pum pum pum.
Ya estaba sordo y ahora ese sonido desquiciante amenazaba con dejarlo ciego. Luchó, intentó respirar. Todo se ralentizó a su alrededor hasta detenerse. Y, de repente, todo fue caos. “Os lo dije, os lo dije, os lo dije”. El rugido de la bestia. El crujido de las rocas. Las palabras ininteligibles del polaco. Pum pum pum pum pum pum. Brúno sólo era el sonido de su ballesta. Y de entre el caos surgió el rostro descompuesto de Herman, mirándole con los ojos fijos, con los ojos urgentes. Y de la boca del capitán surgió un grito, pero Alajos no lo escuchó pues una sombra enorme, la oscuridad misma, lo cubrió todo.
Luego, vino el dolor.
Después ya no sintió nada: no sintió los colmillos desgarrar su muslo, ni fue consciente de que era lanzado por los aires como un bulto inerme, ni notó la áspera roca en su espalda al chocar contra ella. Quedó tendido en el suelo de piedra, deshecho, su cuerpo inmóvil salvo el pecho, que subía y bajaba trabajosamente produciendo un desesperanzador gorgoteo cada vez. Sollozaba pero no sabía que lo hacía. No sentía nada y ya sólo quedaba la enorme sombra, ahora carmesí tras el velo de sangre y lágrimas que cubría sus ojos.
Sin embargo, de pronto, surgió la luz. Tímidamente, al principio. Luego, con lentitud, con infinita paciencia, fue ocupando el lugar de la oscuridad, cobrando mil formas: remolinos, espirales… Parecía tener vida y se infiltraba en la oscuridad por mil resquicios, hendiendo pequeñas dagas luminosas en un vientre negro como la noche que se retorcía, reculaba, trataba de escapar. Pero la luz avanzaba paciente y firme y pronto ya no quedó más que una pequeña mancha oscura. Y Alajos comenzó a sentir calor. Era agradable, como el tenue calor de una fogata en una noche de frío, como un abrazo cálido. Pensó que se moría, quería morir si aquello era la muerte. Pero la luz se le colaba entre los párpados, se clavaba en sus pupilas y le obligaba a quedarse allí, tumbado sobre las rocas. Porque sin apenas darse cuenta, como si nunca hubiera perdido la conciencia, volvió a sentir las piedras duras bajo su espalda, de nuevo aquel hedor dulzón, y el olor de su propia sangre (porque supo que era suya). En cambio, era incapaz de escuchar nada. Silencio. Y sólo veía luz, aunque… Algo parecía tomar forma en el intenso fulgor. Una forma fugaz, de contornos difusos que se deshacían en la luz, como un caballo magnífico, etéreo, tan inasible como la propia luz. Luz. Alajos creyó que la criatura le miraba con unos ojos enormes, irreales, y le pareció que de entre ellos manaba toda la luminosidad que les envolvía.
Fue sólo un instante.
De repente, la criatura dio un salto, y luego nada. La luz monocorde había dado paso, sin transición, con una explosión silenciosa, a un paisaje repleto de matices que inundó sus ojos igual que antes lo había hecho la blancura. Los colores, las formas se aparecían ante él y atravesaban sus pupilas como si fuera la primera vez, mezclándose en una vorágine embriagadora. El verde de los árboles, el gris de las montañas, el marrón de la tierra. Una respiración entrecortada, el trino tímido de un pájaro y el suave rumor de la brisa al rozar las ramas llegaban a sus orejas como una sinfonía desconocida. Ávido, dejó que la marea de sensaciones anegara sus sentidos. Luego, poco a poco, la euforia fue desapareciendo y su lugar lo ocuparon las rocas, la niebla, y el rostro preocupado de Herman. Detrás de éste, el Polaco y Brúno. Más allá, acurrucado y tembloroso, el prisionero.
 
         ¿Qué ha sido eso? ¿Un…? ¿Un….? – preguntó Alajos asombrado de su propia voz.
         Un unicornio. – La voz del prisionero sonó como si proviniera de algún lugar lejano, muy lejano.
         ¿Y el dragón?
         El dragón se fue… Simplemente. – dijo Herman, con una sonrisa agotada.
 
Alajos miró al capitán, con sorpresa al principio, luego con repentina serenidad. Entonces dejó que su mirada recorriera el camino de piedras, más allá de aquellas formas oscuras (cadáveres, ahora los reconocía), hasta llegar a la enorme cueva. Era tenebrosa, pero ya no era amenazante. Después, observó su propio cuerpo, sus ropas destrozadas y sangrantes. Descubrió la piel intacta más allá de los jirones. Apartó con cuidado el vendaje del costado. Ya no había herida, ni cicatriz. Rozó el vació con dedos interrogantes. No tardó en comprenderlo todo: la luz hendiendo la oscuridad, el calor que lo envolvió, esa muerte que había sido un renacer… De repente, notó una mano sobre su hombro. Luego la mirada de Brúno anclándose en el fondo de sus pupilas.
 
         Bienvenido de nuevo… – Y su voz fue apenas un susurro.
 
Alajos asintió en silencio y observó a Brúno alejarse, el rollo de papel, el mensaje real, balanceándose en su pecho. Buscó su fardo pero algo le distrajo entre las piedras del suelo. Una pequeña esfera brillaba con fuerza a unos metros de sus botas, allí donde la luz había desaparecido en un estallido y todo había vuelto a ser. Se llevo la mano a la bolsa de cuero de su cintura. La bolsa estaba desgarrada, húmeda de sangre. Rebuscó con dedos intranquilos. Rebuscó… Allí estaba: fría al tacto, perfecta a pesar de su circunferencia caprichosa, de las mil facetas de las que parecía estar hecha. La esfera que encontrara al pie de las hayas unos días, siglos, antes. Y allí estaba la otra, a dos pasos de distancia, brillando como si hubiera absorbido la luz que hasta hace poco le cegaba. La recogió con cuidado. Las dos esferas brillaban ahora sobre la mano de Alajos, distintas pero iguales en perfección. Sintió el peso de la mirada de Herman.
         Vamos.- dijo el capitán.
 
Alajos hizo un leve gesto de asentimiento y guardó las esferas con cuidado en la bolsa. Luego se reunió con sus compañeros. Con la mirada posada en los cuatro soldados que se alejaban, de pie, apenas sujeto a una roca, el prisionero casi esbozó un adiós con sus labios aun temblorosos. En el cielo, el sol se imponía por fin y la bruma se retiraba ya en lentos y sumisos hilachos.
 
FIN
 
pd: aunque la historia es mía, el trasfondo está basado en parte en el facsímil "De Historia et veritate Unicornis".
 
 
Publicado en El Guardian | 4 comentarios